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Pontevedra - ALMA DE TODAS LAS DEVOCIONES


ALMA DE TODAS LAS DEVOCIONES

Son muchos los hechos que nos hacen a tantos pensar que, desde hace mucho tiempo y de forma que, seguramente, se intensifica cada vez más, vivimos en la Iglesia un llamado movimiento mariano. También un movimiento del Espíritu Santo.

En lugar singular de este movimiento se encuentran las apariciones marianas de Fátima (1917)Pontevedra (1925) y Tuy (1929), las de 1917 a los tres pastorcillos, las otras sólo a Lucia. Y el caso es que uno de los mejores estudiosos que ha tenido Fátima, el P. Joaquín María Alonso, C.M.F. (1913-1981), decía que el Corazón Inmaculado de María era el “alma del mensaje de Fátima”.

Fátima, amigos míos, es como si fuera mi patria. “Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará. Rusia se convertirá, y un período de paz será concedido al mundo” (aparición de julio de 1917). 
Ese Corazón lleva dentro mi vida. Y es gracias a Fátima por lo que yo digo, con seguridad, que el movimiento mariano ha de tener como bandera y como emblema el Corazón de María.
Pero algo tendrá el agua cuando la bendicen, y nosotros hemos de tratar de saber qué ha impulsado a nuestra queridísima madre a llamarnos a mirar hacia su Corazón. Sencillamente, un capricho de ella no puede ser.

Y que quede claro que el Corazón de María no nace en Fátima. Su cuna está muchísimo más alta, como que es el Evangelio de San Lucas: Lc 2,19: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón”; 2,35: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones”; y 2,51: “Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón”. El Fundador del Corazón de María es el Espíritu Santo.

Luego ha tenido el Corazón de María una historia gloriosísima, cuyos principales hitos son San Juan Eudes, San Antonio-María Claret y Fátima.

Una posición de privilegio para la devoción al Corazón de María
Para Alonso, la devoción al Corazón de María es la vocación de cualquier otra devoción mariana. Si esa otra –la que sea- se vive con autenticidad, tiende a la devoción cordimariana por naturaleza. Y hay que aclarar dos puntos:
primero, que se puede vivir de forma anónima -y espontáneamente muchos lo hacen- nuestra devoción, quiero decir, sin mencionar el Corazón de María ni dirigirse a él, pero viviendo la devoción mariana muy en el espíritu de María, que no es otro que el Espíritu Santo; quienes así viven no lo saben, les falta sólo un nombre, pero son devotos del Corazón de María.
Segundo, que esta ley se refiere al normal desarrollo de la devoción y del devoto, y en realidad es infrecuente que se desemboque en el Corazón de María, porque no estamos dispuestos a dar –en frutos de santidad- tanto como esta devoción nos pide.
La devoción al Corazón de María está, por tanto, como en germen en las demás devociones marianas, y así como Tertuliano dijo que “el alma humana es por naturaleza cristiana” –lo cual es una potentísima verdad, y lo digo porque la he tocado-; así podríamos ahora ponernos finos nosotros y decir aquí, porque así es, que “el alma mariana es por naturaleza cordimariana”. Y no está el punto en abandonar unas u otras devociones marianas para quedarse con la cordimariana. Esta llama a su centro a las demás, porque ese Corazón es centro de María –lo hemos de ver-. Las espiritualiza, porque ese Corazón es espíritu –lo hemos de ver también-, o, como quería San Juan Eudes, “el corazón del alma”. Hay, pues, que quedarse con la devoción que se desee, pero dejando que se impregne –que nos impregne- con ese aroma de la más pura espiritualidad que el Corazón de María le va a trasvasar.

Conocido el Corazón, yo no sería tan valiente como para negarme a abrazar su devoción, y eso, porque ese Corazón campea como un imán de corazones en las páginas más maternales de nuestros Evangelios; por la llamativa insistencia que hace la Virgen en tantas apariciones –no sólo en Fátima, pero principalmente en Fátima-; y también por lo que espero que entendáis conmigo sobre la maravilla fulgurante que es la devoción en favor de la cual me empecino en gritar.
Pedimos, pues, lo que Alonso llama “una posición de privilegio” para la devoción cordimariana. Pero es que no es descabellado pensar que eso está pedido en Fátima, y además, estamos dando la razón de ser de esa pretensión.
Y la posición de privilegio no significa que sea una devoción superior; hay un documento pontificio que niega la existencia de alguna devoción mariana superior a las demás. Alonso dice que nuestra devoción no es “ni siquiera la más importante”, e insiste en que no se trata de superioridad, sino de impregnación.
Quedamos, pues, en que la devoción al Corazón de María es la forma de las demás devociones. Es una devoción mariana y es el espíritu de todas las demás; a las cuales impregna. No está a su lado. No puede ponerse en una lista con todas las demás, por ejemplo en orden alfabético. Alonso la compara con la caridad, ya que, en la visión de Santo Tomás de Aquino, esta virtud se requiere para que haya cualquier otra virtud sobrenatural. Santo Tomás se apoyaba, con seguridad, en 1 Cor 13:
“Aunque hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo caridad, sería como el bronce que resuena o un golpear de platillos.

“Y aunque tuviera el don de profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviera tanta fe como para trasladar montañas, si no tengo caridad, no sería nada.
“Y aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo para dejarme quemar, si no tengo caridad, de nada me aprovecharía” (1 Cor 13,1-3).
También dice Santo Tomás, si no me falla a mí la memoria, que la caridad es a las virtudes lo que la mano es a los dedos. La caridad, el amor, ¿no los simbolizamos con el corazón? Pero más adelante hablaremos de ello.
Y si eso es verdad –como lo es-, y además resulta –como resulta- que el Corazón de María es también el centro y la interioridad de María, la fuente de María, la unidad de María y la gracia y la santidad de María, entonces os hago saber que el Corazón de María resulta ser la razón mismísima por la que veneramos y amamos a María. Ni más ni menos. Y os hago saber también que quien venera el Corazón de María se adentra en la María esencial o en toda María. Acude con amor a aquella raíz, a aquella fuente de María que justifica cualquier forma de culto a esta madre. 

El Corazón de María es el corazón de las devociones a María. Y lo es, en último análisis, porque del Corazón (esa fuente) brota todo. El Maestro mismo es quien lo dice: “De dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,21), y no cuesta nada adivinar que lo mismo hubiese podido afirmar de las buenas.

Pero sépase que, para Joaquín María Alonso, todas las virtudes de la Santísima Virgen, y todas sus acciones, y todos sus privilegios, y en general todas sus excelencias, son eficaz expresión donde las hay- partes potenciales de su amor, y por lo tanto de su Corazón, y, de forma proporcional, todas las demás devociones marianas vienen a ser partes potenciales de esta devoción. Así es: cada devoción, así como su fundamento en el ser de la Virgen, “vienen a ser como partes potenciales que van realizando parcialmente la perfección del todo formal de que dependen”, el cual es el Corazón. El fundamento de toda devoción a María tiene su fundamento en el Corazón de María. “Toda la belleza de la hija del rey está en el interior” (Sl 44,14, en la traducción de S. Jerónimo). Todo nace del Corazón, empezando por el mismo Jesús, que no entró en el mundo por el vientre de María, sino por el Corazón de María; aunque esto cae fuera del tema de hoy.

El famoso pasaje de la vocación de Santa Teresita de Lisieux es de una belleza que marea. Al mismo tiempo, sirve a maravilla para ilustrar el pasaje de 1 Cor 13 que tanto nos ha ayudado, y al dar en el centro de la relación entre el amor y las vocaciones, nos está hablando, casi, de la relación entre la devoción cordimariana y las otras devociones a María.

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